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1932 no sólo significa para la ciudad de La Plata el tránsito por su 50 aniversario, sino que para la clase política instalada en el poder a principios de la década del treinta simbolizaba ocupar el espacio dejado vacante por la generación del ‘80, precisamente en un lugar -la Nueva Capital que medio siglo antes parecía capitalizar las ilusiones de buena parte de su dirigencia. El restablecimiento del orden conservador a nivel nacional potenció en el ámbito local la rememoración, a medio siglo, de la gesta fundadora. Algunos signos se presentaban, sin embargo, de manera inversa: el ímpetu del gobernador Rocha y sus mas estrechos colaboradores -D’Amico, Benoit no tuvo parangón con las modestas intenciones de los funcionarios del flamante gobierno de facto, la cuestión capital para bien y para mal ya no formaba parte del espectro de temas políticos trascendentes, las expectativas de competir con Buenos Aires se limitaban entonces en el mejor de los casos a la actividad académica centrada en una Universidad que ya había transitado por lo que años mas tarde se distinguiría como su momento de mayor esplendor; muy tempranamente la realidad se había encargado de demostrar que el puerto “mas moderno de América del Sud” no llegó ni a competir con el profundamente remozado de Buenos Aires; los proyectos ferroviarios en los cuales se basaba la inserción productiva de La Plata en su región no se habían concretado en tiempo y forma mientras, en todo caso, ese medio de transporte mostraba ya rasgos de incontrastable decadencia a nivel nacional.

Si en algo el plano ideal se había anticipado a la realidad futura de la región era en no prever radicaciones industriales salvo en la zona portuaria, y en efecto instalaciones que sólo excepcionalmente superaban la escala de talleres se instalaron en el casco urbano o en sus inmediaciones. Por otra parte, así como la febril expansión fundacional se detuvo abruptamente bajo los efectos de la llamada eufemísticamente por el presidente Pellegrini “crisis de crecimiento” de 1890, tras el cincuentenario de la ciudad se inicia un ciclo bajo el auspicio de una lenta pero progresiva recuperación de los efectos de la debacle económica internacional de 1929. Este proceso se aceleró cuando a partir de 1936 el nuevo gobernador Manuel Fresco dirigió una política difusamente keynesiana de intervención del Estado por la realización de grandes obras públicas como medio de paliar las consecuencias del impacto sobre nuestro país de la crisis mundial. Por cierto el escenario privilegiado de esta política fue la ciudad de Mar del Plata, pero en La Plata el impulso dado en el campo de la construcción de obras civiles y viales por parte del Estado inicio un proceso de transformación material sólo comparable al que experimentó en sus primeros años de existencia, afianzando la noción de ciudad capital del “primer estado argentino”. Estas obras públicas tuvieron como destino y propósito particular la culminación del proyecto fundacional, que hasta entonces no alcanzaba a vislumbrarse más allá del sector céntrico del casco, e incluso con fantasmagóricas apariciones como la inconclusa Catedral. Pero tanto la prosecución de ésta, como la posterior recuperación del Teatro Argentino, la construcción de pabellones en el Hospital Policlínico, la ampliación del Palacio de Justicia, modernización de escuelas, nuevos establecimientos de enseñanza que se caracterizan en líneas generales por presentar partidos típicos de la tradición clásica (Escuela Superior de Bellas Artes, Escuela Industrial Albert Thomas, Escuela Normal Nacional N° 1), nuevos edificios para la adminstración del Poder Ejecutivo Provincial y Municipal (ministerios, edificio del censo, delegaciones municipales), o la Cárcel de Olmos, no constituyeron en realidad los aspectos más salientes que definen el cambio. Este estuvo dado en la prolongación de pavimentos, desagües, entubamiento de arroyos, que evitaron que el riesgo de que la ciudad fuera devorada por el campo si se la descuidaba como Martínez Estrada manifestara se cumpliera.

Los restantes cambios operados en el aspecto edilicio de la ciudad provinieron de acciones del capital privado, confiadas en que el efectivo accionar del Estado posibilitara potenciar la inversión. Se trató en conjunto de un decidido impulso renovador sobre un proyecto de ciudad sobre el cual se coincidía en afirmar que era un dechado de virtudes, faltando solamente su realización tenaz y sostenida. De esta tarea pendiente da cuenta una retrospectiva publicada en un matutino local en 1938 que evocaba los años pasados donde “La Plata alargó sus simétricas calles, renovó muchas de sus casas, más los grandes edificios oficiales; verdaderos palacios en todo sentido, no sirvieron de suficiente estímulo para que la acción particular levantara también otros que hicieran pendant con esas joyas arquitectónicas que conservamos desde hace tantos lustros”. La ciudad se modernizó de este modo con nuevas casas de renta y viviendas individuales que iban desde ejemplos alto burgueses hasta “viviendas mínimas y decentes”, confiterías, cines, la ampliación de la sede del Club Estudiantes (ing. Barrios) y la del Automóvil Club (ing. A. U. Vilar), la construcción de nuevas instalaciones para el Hipódromo (arq. Pico Estrada e ing. Barrios), y lo que es más significativo, las clases alta y medio alta comenzaron a explorar la costa del Río de la Plata, construyendo los clubes Regatas (ings. Bonilla y Briasco) y el balneario del Jockey Club (arq. Pico Estrada e ing. Barrios). En materia de equipamiento se advierte la aparición de edificios de hospitales y sanatorios privados en altura, cambios que se producen en consonancia con las modificaciones generadas en el campo médico y arquitectónico y que repercuten en la inserción de edificios monobloques en terrenos anteriormente inimaginables para tal fin. En esta línea se sitúan el Hospital Español (1940, ing. Bonilla) y el Instituto Médico Platense (1938, ing. Barrios), que constituyeron las primeras manifestaciones de renovadas formas de inserción en la ciudad que se continuaron con la ampliación del Hospital San Juan de Dios (1950, arq. Oscar Ruótolo), Hospital de Gonnet y Rossi y Sanatorio Argentino (1959, arq. Krause).

Si bien el incipiente proceso de construcción de casas de departamentos en altura en La Plata se había detenido abruptamente con la crisis económica del treinta, a los pocos años resurgía como modo seguro de colocación del excedente de capital. Pero, por cierto, y a diferencia de la ciudad de Buenos Aires, la casa de renta en altura fue en La Plata un tipo excepcional, destinado a irradiar modernidad, confort y prestigio de sabor metropolitano, antes que a producir el “relleno” del tejido, como sí lo habían generado las casas chorizo de uno o dos pisos del pasado reciente que quería afanosamente dejarse atrás. De acuerdo a las hipótesis que Werner Hegemann desarrolló para Buenos Aires, por cada hectárea las casas de renta en altura podrían albergar 6.000 habitantes y por lo tanto sólo en el sector céntrico de La Plata (estimemos un sector comprendido entre las avenidas 1, 13, 44 y 60) arrojaría una población de 1,2 millones de habitantes. Nadie imaginaba algo así en una ciudad que para 1940 tenía en todo el partido 250.414 habitantes según la estadística municipal.

La mayor transformación que se manifestó en la primera parte del período corresponde al completamiento de la trama del casco urbano y las subdivisiones de tierra periurbana mediante el tipo compacto. En una ciudad con viviendas que estaban alrededor del medio siglo en la zona central y presentaban un bajo grado de obsolescencia material, el mayor porcentaje de casas compactas se dio en los alrededores, cuyo tejido más poroso y en algunos casos con viviendas precarias era un escenario auspicioso. Mientras en la zona central del casco se registraban verdaderos petit hoteles que incorporaban algunos rasgos linguísticos y materiales de la Arquitectura Moderna, en las zonas restantes surgieron casas mínimas inscriptas dentro del ciclo de renovación de la vivienda popular. La transformación de los “barrios” era el indicador más confiable del progreso experimentado. En el aniversario de la fundación de la ciudad en 1937, el matutino local El Día expresaba que “La capital ha perdido en la última década aquella fisonomía de ciudad a la antigua con el máximo de edificación céntrica y el despoblado suburbano que caracterizó a todas las ciudades que siguieron la típica conformación de la colonia (nótese la tal vez desmedía comparación). Las corrientes modernas en al arquitectura y el esfuerzo individual y colectivo la han tomado de frente y si su ritmo es para ajustarse a las mismas, no es el del vértigo febril, en cambio aguarda la armonía de su continuidad y persistencia que gradualmente ha llegado a ser en todas sus zonas ciudadanas expresión de la época que vivimos y que no se puede sortear so pena de quedar rezagados en el tiempo, en el esfuerzo y en el progreso”.

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De la ciudad ideal a la ciudad realEntre la tradicion y la modernidadLos suburbios invadieron al centroUn lento camino al desencantoLa Plata en su CentenarioDe la crisis al estancamiento estructural