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Cuando habían transcurrido 25 años de este renacer y 12 del cambio impreso por el peronismo, se manifiesta un quiebre que determinará el perfil de la ciudad en los 25 años siguientes y se debió a varios cambios que consisten en primer lugar en la separación de Berisso y Ensenada del municipio de La Plata, circunstancia que realizada durante el gobierno militar de Aramburu, aparentemente estuvo impulsada por el propósito nunca manifiesto de evitar el peso del nutrido electorado peronista de las dos localidades portuarias tuviera sobre el resultado total.

En segundo lugar y relacionado a las consecuencias del peronismo, se manifiesta la continuidad en ciertas políticas como salud, recreación y vivienda que van dejando -si bien de modo desarticulado un cambio que durante la gestión peronista apenas había mostrado sus emergentes físicos. En tercer lugar y devenido de la creación de la facultad de Arquitectura local en 1952 comienza a manifestarse la intervención de arquitectos locales, ocupando el lugar que ingenieros civiles detentaban con casi exclusividad hasta entonces. Si bien no puede decirse que este cambio mejorara el nivel creativo de las propuestas, sí señala una orientación particular de las mismas, absorbiendo las recientes experimentaciones del campo internacional, frente a un estancamiento de los ingenieros en el primer racionalismo de los ‘30. Para entonces la realización de la casa que Le Corbusier proyectó para el Dr. Curutchet en la ciudad constituía un estímulo intelectual para la joven generación, integrada entre sus figuras salientes por Daniel Almeida Curth, Vicente Krause, Carlos Lenci y Tulio Fornari.

En cuarto lugar, en la segunda etapa comienza la preocupación disciplinar por el crecimiento y funcionamiento de la ciudad como un organismo, derivando en la demanda de planes urbanos que se desarrollaron para La Plata y Berisso casi en simultáneo. En el primer caso, la Planificación ocupó un lugar permanente en la estructura burocrática del municipio, con los vaivenes y contradicciones que los cambios políticos les imprimieron. La vivienda colectiva tanto la de edificios en altura como la formada por departamentos en planta baja había cambiado de naturaleza en 1948 pasando del régimen de renta al de propiedad horizontal.Como sucediera en otros casos del país, no se advirtieron cambios sustanciales al comienzo porque en rigor el departamento estaba reservado a una clase media acomodada que negociaba modernidad por estrechez. La aceleración de su mercantilización se manifestó a partir de los años sesenta, cuando el gusto por el departamento obnubiló toda una generación de habitantes de las ahora obsoletas material y culturalmente casas chorizo. A diferencia de la Capital Federal, no se pueden señalar contribuciones de calidad para departamentos en PH en los primeros años hasta que arquitectos como Almeida Curth, Lenci, Krause, Tomás, Pesci entre otros no plantearan que esa mercancía podía compatibilizarse con una razonablemente buena calidad de vida. De todos modos casi no se observan en La Plata edificios para sectores altos, con lo que las demandas programáticas quedan reducidas a estándares de mínima.

No obstante, la incipiente pujanza inversionista en el terreno de la construcción, recibida ciertamente con beneplácito, no alcanzó a ser controlada a tiempo y el proceso culminó con adversos e imprevistos resultados. La disponibilidad del tipo “vivienda moderna mínima” convertida en departamento-mercancía, la Ley de Propiedad Horizontal, combinada con la laxitud del marco regulatorio edilicio posibilitaron el mayor desorden imaginable al incentivar las crecientes inversiones en materia edilicia que implicaron un deterioro de la calidad de vida urbana en lo público y privado a la vez: loteos indiscriminados en áreas inadecuadas, saturación de infraestructuras y servicios por sobre ocupación de las áreas centrales, congestión de tránsito por imprevisión de áreas de estacionamiento, descontrol en las densidades. En efecto, lejos de promover una ciudad en vertical, asociada desde la década anterior a la idea de “urbe moderna”, la ley de propiedad horizontal tuvo en principio un efecto casi inadvertido desde una perspectiva urbana, pero de sombrías consecuencias en el plano del hábitat doméstico. La subdivisión de lotes (que llegaban a los 60 metros de profundidad) auspiciada por la compacidad de las casas cajón, generó el tipo de “pasillo al fondo”. En estos casos el sistema sólo expresaba a la calle una puerta identificada por el inusual agregado del ½ en la numeración original. El mismo procedimiento se experimentó en casos de casas chorizo, donde el terreno remanente al fondo destinado originariamente a huerta y corral comenzó a ser vendido en propiedad horizontal. De este modo y hasta la puesta en vigencia de la ley provincial 8.912 a partir de 1979, se fue generando una inédita ciudad cuasi árabe de intramuros, que a la par de reducir los patios a su mínima expresión, destrozaba la idea de corazón de manzana libre tácitamente formulada en los inicios.

Punta Lara experimentó desde fines de la década del sesenta un proceso de semiprivatización de la franja costera, a partir de la entrega en concesión de las parcelas a diferentes gremios, sindicatos y asociaciones, a la par que salen a la luz las noticias de los peligros que el evidente estado de contaminación de las aguas acarrearían a partir de entonces. Por otra parte el uso del balneario comienza a ser patrimonio de las clases populares provenientes en gran parte del GBA, cuya costa está aun más contaminada que la platense. La separación del municipio de Ensenada de la Plata, con exhausto presupuesto, provoca un estado de deterioro creciente, que sumado a las periódicas destrucciones provocadas por sudestadas deterioraron los espacios públicos de la zona, que paralelamente perdía todo atractivo inmobiliario. Ensenada y Berisso comenzaron después del cierre de los frigoríficos y del estancamiento de las industrias locales (a pesar de la presencia de Techint) se estancaron y sumaron a su austero paisaje urbano el deterioro ambiental provocado por las emanaciones líquidas y gaseosas del polo petroquímico y petrolero, que aun al presente no ha sido revertido eficazmente. El crecimiento de ambos centros urbanos fue fundamentalmente vegetativo, rota la afluencia inmigratoria de décadas anteriores.

La Plata en los años posteriores a la caída del peronismo conservaba la imagen elegante que brindaba la urbanidad de su clase media. El avance del descontento político social comenzó a manifestarse en consonancia con un estado de indiferencia por cánones de buen gusto que se consideraban perimidos y llevaron a importar un Main Strip sumado a un cuadro de barricadas del mayo francés. En este contexto, cada vez más debilitada la intervención estatal, no pocas fueron las agresiones al paisaje urbano, edilicio y forestal, que se manifiesta sin interrupciones hasta el presente, a pesar de todas las campañas institucionales ensayadas. Los paseos públicos fueron completándose poco a poco sin mucha imaginación aunque correctamente (Plazas España, Paso, etc), pero en algunos casos no pasaron de anodinas superficies sembradas con césped. Los parques Saavedra y San martín fueron agredidos y el paseo del Bosque nunca pasó de un área de reserva para destinos siempre cambiantes y en algunos casos absurdos.

La zona periurbana que fue incorporándose poco a poco al casco urbano “formal” presentó a la par que un estado visiblemente inferior al de este problemas que el propio casco apenas podía resolver. En efecto, las diferencias de nivel tornan inundable muchos sectores periurbanos y los arroyos cercanos se convirtieron en peligrosas trampas. A partir de la inmigración creciente de sectores provenientes del noreste litoral y el interior se generó una extensas zona marginal que se asentó tanto en áreas estructuradas por el trazado como junto a los arroyos (principalmente “El Gato”). Las zonas de extramuros con canteras de calizas y hornos del sector NO se mantienen casi sin alteraciones hasta el presente, constituyendo una barrera a la integración periurbana. Con esta estructura anodina y en permanente rol de área de paso circulatorio La Plata-Buenos Aires, la falta de carácter de estos sectores de extramuros impide en el imaginario popular, intelectual y oficial pensar a La Plata fuera de su casco.

Los equipamientos tanto realizados por el Estado como por el sector privado han paliado unidimensionalmente necesidades puramente pragmáticas sin aportar valores espaciales o significativos a la ciudad. Este juicio se puede aplicar entre otros a edificios tales como el tan postergado para el Correo, la sede del Instituto Obra Médico Asistencial, la ampliación del Banco Provincia, la Biblioteca de la Provincia de Buenos Aires, la Caja de Jubilaciones, la Caja Nacional de Ahorro y Seguro, o conjuntos monumentales como el Centro Administrativo (1974), cuyas torres gemelas sin ser muy voluminosas empequeñecieron a la palaciega sede del gobierno comunal. En otros casos como la Universidad los desaciertos han sido tan sonados (inserción del conjunto de alta densidad en pleno centro) que las escasas realizaciones bien encaminadas se han opacado.

La intervención a la Universidad tras la Revolución de 1966 orientó a la misma hacia un enfoque tecnocrático y profesionalista. El crecimiento de la matrícula -fenómeno por cierto de alcance latinoamericano en general- demandó nuevas sedes y puso a la nueva conducción en la necesidad de encarar una estrategia de planeamiento con acento en lo físico a fin de responder a estas demandas. En esta línea fueron encarados ambiciosos proyectos que en su mayor parte no pasaron del papel, consecuencia de prometidos e incumplidos planes crediticios del BID. De este modo la facultad de Ciencias Exactas (proyecto de Ballester Peña, Baudizzone, Erbin, Díaz, Lestard, Varas), quedó reducidas a un sampler , cuya obsolescencia física fue tan rápida como efímera la vigencia de la teoría que lo sostuvo. Por su parte el proyecto no realizado para la facultad de Ingeniería (Mario Roberto Alvarez y asociados) implicaba la desaparición de buena parte del campus ideado por González en 1905.

El caso más emblemático del fracaso de esta conducción autoritaria y verticalista fue el complejo edilicio destinado a albergar la nueva sede de las facultades de Ciencias Económicas, Ciencias Jurídicas y Sociales, y Humanidades y Ciencias de la Educación. Para el mismo de acuerdo a absurdas recomendaciones del área de planeamiento se dispuso del predio donde se levantaba la sede histórica de la Presidencia de la Universidad (antiguo edificio del ex Banco Hipotecario de la Provincia), previendo su demolición y una intensa ocupación que saturaba un enclave urbano de alta densidad y conflictividad). Su realización parcial -(la antigua sede no fue demolida y el conjunto no se completó) resulta una pesada hipoteca al presente.

Concursos como el primero para el Estadio Unico sólo sirvieron para situar al estudio ganador en la primera línea de los favorecidos por los encargos directos que la dictadura militar realizó para el EAM ‘78. En materia hospitalaria se sobrevivió ampliando discretamente el parque existente, sin desarrollar más allá de un par de hospitales (Rossi, Gonnet), nuevos emprendimientos de envergadura, en una ciudad que crecía aceleradamente. La enseñanza primaria y secundaria tuvo escasas muestras de las posibilidades que la Arquitectura Moderna permitía. Hacia fines de la década del cincuenta comienzan a manifestarse algunos edificios proyectados dentro del funcionalismo, concebidos como excepciones.

Instrumentos técnicos para controlar el desarrollo de la ciudad no faltaron en los años “rugientes” de esta modernización edilicia. El reglamento de edificación de 1949 prescribía en un apartado Conservación del trazado original de la ciudad que el trazado original de la planta urbana de la ciudad de La Plata, “reviste carácter histórico” y “bajo ningún concepto podrá alterarse, modificarse, no aún parcialmente, el trazado y disposición de sus calles, avenidas, diagonales, plazas y paseos. El ordenamiento edilicio y los planes de urbanización general de la ciudad, deberán ajustarse en todos sus aspectos a lo concebido en el proyecto original”. Estas características se mantuvieron incluso en la ordenanza de 1963, que sucediera a la de 1949, y que sólo aportó como cambio una mayor permisividad respecto a la altura de edificación. Aun dentro de este rígido esquema, en 1958 las autoridades municipales encomendaron a un grupo de especialistas, la realización de un plan regulador que se conocería con el nombre del equipo que lo realizó: Urbis. A la mera celebración del trazado urbano producida con la sanción del Reglamento de 1949, el Plan Urbis en cambio remarcaba la necesidad de abordar sistemáticamente una escala mayor que comprendiera la región de La Plata, Berisso y Ensenada, coincidiendo esta reconsideración global con la paradójica separación administrativamente en partidos autónomos. Dicho plan fue realizado por el grupo integrado por los arquitectos José Bacigalupo y otros quienes paralelamente desarrollaba el Plan Regulador de la ciudad de Posadas, dando un sentido sistémico a planificaciones sectoriales en materia urbana.

La crisis del modelo de crecimiento nacional apoyado en la sustitución de importaciones y la instalación de un frágil monetarismo financiero a partir de 1976, pusieron fin a este febril proceso de inversiones en edilicia especulativa y a partir de entonces la ciudad mostraría por muchos decenios el resultado de sus excesos. En medio de la crisis surge un diagnóstico generalizado para toda la provincia y se sanciona en 1977 la ley provincial de Ordenamiento Territorial y Uso del Suelo N° 8.912 (actualmente vigente), destinada a regular “sanamente” la configuración del espacio urbano, pero que no previó la posibilidad de atemperar el caos producido y por el contrario introdujo nuevas alternativas de desintegración. Cada municipio redactaría una ordenanza de edificación que, más allá de las particularidades, resultaba idéntica en todos los casos. Si bien la ley fue recibida con singular beneplácito por el conjunto de la profesión arquitectónica y las consecuencias negativas no eran tan previsibles, sólo un voluntarismo sin límites pudo imaginar que buenos ciudadanos edificaran una ciudad armoniosa, cuando la ley abría la puerta a recicladas formas de especulación inmobiliaria. En efecto, poco a poco se empezó a concretar la mas trivial de las expresiones modernistas y la vocación de los ochenta por la preservación de valores urbanos tradicionales se topó contradictoriamente con una ley ideológicamente cercana a los más envejecidos postulados del CIAM.

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De la ciudad ideal a la ciudad realEntre la tradicion y la modernidadLos suburbios invadieron al centroUn lento camino al desencantoLa Plata en su CentenarioDe la crisis al estancamiento estructural